Caminante no hay camino
se hace camino al andar.
Y al volver la vista atrás
se ve la senda que nunca
se ha de volver a pisar
Antonio Machado
Cada vez que uno se pregunta sobre el origen de algo, se tiende a buscar una cronología, una secuencia de hechos que, puestos en abstracto, nos llevan a visualizar acontecimientos concretos, hitos y fechas, y sin embargo, mucho de lo que realmente acaeció permanece en el ámbito de lo desconocido; podemos, por un lado, aceptar y contentarnos con que esa cadena de hechos constituye la historia del fenómeno, o bien, podemos querer reconstruir esa historia dotando de sentido y contenido a esos hechos, indagar sobre las motivaciones, el pensamiento y los diálogos que tuvieron lugar tras los acontecimientos que se relatan: la primera opción nos deja tranquilos, nos permite seguir nuestra vida sin mayores cuestionamientos, pero la segunda, nos permite acercarnos a la inefable verdad de la historia, trascendiendo los límites de lo concreto.
Pongamos como ejemplo esta Respetable Logia, podemos encontrar información como fechas de fundación, miembros fundadores, oficialidades, los miembros de cada grado, entre otras; con esos datos podríamos hacer algún análisis estadístico como tiempos de permanencia, diversidad etaria, social, tipos de empleos de los miembros, etcétera, pero ¿Es esa la información que nos permite conocer la historia? ¿Qué es lo que buscamos realmente cuando miramos hacia atrás?
Como decíamos, podemos contentarnos con esta secuencia de hitos, pero lo que realmente buscamos se relaciona con aquello que llevó a existir a este taller en un primer lugar; buscamos ese relato y ese origen, indagamos sobre nuestra identidad y nuestra unión, de dónde venimos, por qué se fundó la Logia, siendo que ya existían otras más en el Valle, cuál fue la o las razones de que hoy estemos aquí, y también cabe preguntarnos si hemos cumplido con el objetivo trazado o si éste se ha ido transformando; para poder entender nuestro presente debemos poner la vista atrás, pues quien no conoce su origen es incapaz de comprender su presente.
En este ejercicio, luego de indagar, reflexionar y compartir, luego de recopilar los datos concretos e intentar darles sentido con testimonios y vivencias, podemos ver que existe un hilo conductor, un denominador común que caracteriza a este taller desde sus inicios, desde sus actos fundacionales hasta la manera de conducir su trabajo en la actualidad, y podríamos resumir ese sentir, ese constante impulso en un concepto que, si bien puede parecer simple, conlleva características y ribetes ciertamente complejos. Hablamos del omnipresente concepto de la duda: el preguntarse el porqué de las cosas, el indagar un paso más allá de lo inmediato. Ya desde antiguo, filósofos muy destacados han puesto a la duda como la madre de la filosofía y del pensamiento inquisitivo; finalmente, la duda es la que da origen a impulsos tan humanos como la curiosidad y el análisis crítico, pues al dudar razonablemente de algo nos impulsa a investigar, analizar y estudiar el fenómeno, nos impulsa a conocer, a comprender y a no conformarse con algo que, por mucho que se nos presente como un dogma, presenta espacio para crítica o análisis, muchas veces para disgusto de sus proponentes.
Nuestra Logia se crea como un ejercicio crítico, se crea para albergar y cultivar la duda, la crítica y la investigación ¿Qué puede parecerse más a un desbastamiento de la piedra bruta, que aplicar el cincel del conocimiento y el martillazo de la crítica para depurar una idea que se presenta como sólida, pero que podemos apreciar que es imperfecta? Creemos, y siempre hemos creído, que la crítica razonable y certera, el ejercicio del conocimiento de manera responsable y la depuración de nuestro bagaje intelectual, conforman los fundamentos del trabajo masónico, y fue precisamente la duda, la madre del trabajo crítico que creemos debe caracterizar al buen masón, el que se presenta como idea primigenia, como ideario y ruta de nuestro destino, como idea fundante de nuestro taller, de nuestro trabajo, de nuestro quehacer, y seguramente, de nuestro futuro.
Hace unos años, durante una tenida de aniversario, nuestro Venerable Maestro comentó que celebraríamos como nos gusta hacerlo, “trabajando”. Es precisamente en el trabajo donde también buscamos nuestra identidad, amparados en la duda, tanto fuera como dentro del templo. Los temas tratados y los ejes son los pilares, pero el enfoque y el sello de Valparaíso constituye la esencia del templo que ellos sostienen. Valparaíso, como su ciudad madre, es y será tendencia, y la racionalidad crítica es la que nos entrega, dentro de su diversidad, un cuestionamiento que da sustento al trabajo que nos une.
Si bien este sello que creemos que nos distingue, y así nos lo hacen saber nuestros Q.Q.H.H. de otros talleres, al ingresar a la Masonería y, específicamente, a la R.L. Valparaíso 202, la mayoría de los miembros no ingresan por elección al un taller específico, no es posible saber con antelación que el taller se conduce de una determinada manera, pero al poco andar comenzamos a darnos cuenta de algunas particularidades, la forma en que nos integramos Aprendices, Compañeros y Maestros, el cómo compartimos nuestra visión de las cosas, cómo reflexionamos y de cómo somos críticos de los que nos rodea y ocurre, pero siempre con respeto y la moderación que permite mantener, fomentar y proyectar en el tiempo la fraternidad que nos une, que constituye uno de los pilares fundamentales que sostienen nuestro taller.
Valparaíso fue y es duda, crítica, asombro, búsqueda: porque la justicia y la fraternidad no pueden yacer sólo en la superficie, debemos persistir en dudar para fortalecer las raíces, depurar, perfeccionar, para así poder dotar de esencia y profundidad al nunca terminado templo de nuestra hermandad.
Jaime Araya
Pablo Castillo
Alejandro Palma



